DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - Animales

Se ha dicho que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero más bien resulta todo lo contrario, es el hombre el que se erige en ídolo a imitar, de tal forma que todo aquello que nos rodea tiende a ser humanizado, como no podría ser de otra manera, puesto que nosotros somos los que analizamos.

Esta humanización se hace muy ostensible en cuanto a los animales, otorgándoles unas propiedades y unos comportamientos que son propios exclusivamente de hombres y no de ellos. Así, por ejemplo, al león se le otorga nobleza y el papel del villano corre en este caso a cargo de la hiena, cuando si analizamos sus comportamientos y si obráramos en justicia, se invertirían los términos. ¿Por qué se produce esto? Por una sencilla razón que es uno de los mayores errores humanos: el hombre siempre ha confundido la ética con la estética. Así, los animales con mejor aspecto pasan a tener una mayor valoración, no se puede comparar la hermosa melena de uno de los felinos más vagos con la grupa caída y el aspecto desaliñado de un simple cánido que ha de cazar en grupo y alimentarse en ocasiones de carroña.

Esta confusión entre ética y estética se produce también en cuanto a la supuesta inteligencia de las bestias. Así, resulta más inteligente el caballo que el burro, simplemente por su aspecto. Igualmente el resto de los valores están tintados de una más que profunda confusión estética, a saber, la paloma es el símbolo de la paz, simplemente por el hecho de hacer poco más que comer y excrementar. La gaviota fue considerada símbolo de la libertad, cuando hoy depende de las basuras humanas. El zorro es traidor, puesto que procura, con buen criterio, ocultarse del hombre. El lobo es malo, sin embargo la madre de Caperucita, esa insensata que manda a su hija sola a través de un bosque peligroso en lugar de ir ella misma, es una santa.

A los animales que en su lucha por la supervivencia vencen al hombre, son malos y no se les otorga ninguna nobleza, véase ratas, insectos, cucarachas…, sin embargo aquellos cuya fragilidad vital y su escasa capacidad de adaptación al medio por sus limitadísimas dietas o por sus propias debilidades, son tratados con un total y absoluto proteccionismo, véase osos, pandas, koalas…

Los méritos que se atribuyen a otros son la facilidad para hacernos la pelota, así el perro es el mejor amigo del hombre, sencillamente porque mueve la cola cuando se acerca su dueño. El gato, aún gozando de buen predicamento, nunca es colocado por encima porque sólo deja que lo alimenten y rasquen y además no obedece de la misma manera. Un ejemplo exagerado lo encontramos en el correcaminos y el coyote de los dibujos animados. El primero sólo corre, puede que sea un gran deportista, sólo de la velocidad, que, por otra parte parece ser congénita, sin embargo el coyote es todo un creador, se pasa las horas trabajando en inventos y argucias que le permitan comer, pero fracasa incluso ilógicamente. El cuervo y, en general, todos los córvidos son aves inteligentes; como son negros son asociadas con el mal. La urraca, al tener algunos trozos blancos y, pese a ser considerada ratera, tiene mejor predicamento. El buitre es quien es y el búho es sabio únicamente porque tiene los ojos grandes.

Muchas personas se niegan a comer conejo, burrito, cerdito y, en occidente, perro, no negándose a comer, por ejemplo, pollo en un puro alarde de racismo. Las serpientes, pese a no tener brazos ni piernas no son tratadas precisamente como minusválidas y aquí las barreras se les ponen al revés: dan tanta repulsión las venenosas como las que no lo son.

A estas alturas podríamos seguir hablando de animales pero no sabemos si os dais cuenta de que no estamos hablando exactamente de animales. Sirva lo anterior como reflexión y otorguemos a cada persona que conozcamos las características de un animal, pero a la inversa, es decir, ¿por qué es innoble, porque se parece a la hiena?, ¿notáis alguna similitud entre Cristiano Ronaldo y el correcaminos?, ¿por qué nuestro vecino que no nos saluda es un zorro?

Especialmente a la hora de adjudicar defectos nunca los contrapesamos con los nuestros y en todo comportamiento ajeno no incluimos nuestra parte proporcional de culpabilidad. Cuando cometemos errores, tenemos una natural tendencia a adjudicarlo a algo y, sobre todo, a alguien, cuando en la mayor parte de los casos el mayor porcentaje nos corresponde a nosotros mismos. Valoramos en muchas ocasiones de forma interesada y las apariencias están demasiado presentes en nuestra sociedad.