DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - Viajar - Viaja Asturias con DeLaQue

Viajar consiste en desplazarse, otra cosa es el motivo. Trataremos aquí únicamente, y para evitar malos entendidos, del viaje aparentemente turístico.

Se puede viajar sin ir a ningún sitio, incluso turísticamente hablando, pero tampoco se trata de hacer un hoyo en el suelo a base de profundizar. A lo largo de la historia, si no la mayoría sí gran parte de las obras literarias se han hecho acerca de los viajes. Estos no se entendían como turísticos porque de aquella, evidentemente, el turismo no existía. Así, La Odisea, La Eneida, El Quijote, Miguel Strogoff, las obras de Julio Verne… y no tan últimamente Viaje a la Alcarria, La pasión turca… En nuestro mundo, el viaje turístico se ha tornado en hortera, sencillamente ha desaparecido. Todos los sitios son iguales, hemos descubierto al mismo camarero sirviéndonos café en un área de servicio de autopista a lo largo de miles de kilómetros por Europa; hemos comido las mismas arepas con la misma pulsera y la misma camarera, esta vez con un ligero color, a lo largo de todo América y parte de Asia; nos han recibido tribus supuestamente primitivas en todos los continentes a cambio de la moneda pertinente y hemos pagado por las fotos con el chamán de turno.

Hoy existe una ventana por la que se viaja, que es la televisión. Desgraciadamente se va siempre al mismo sitio, vayas donde vayas te están esperando y encuentras amigos, por supuesto interesados. Hoy importa más la lejana lontananza que el próximo conocimiento. Se viaja para enseñar, hasta hace poco diapositivas, hoy fotos digitales, a los amigos próximos, que han de sufrir el viaje ajeno como parte sub-rateada del prestigio social que esto conlleva. Cancún, Sheychelles, Sri Lanka, India… no dejan de ser tópicos y lugares comunes a donde todo el mundo viaja y nadie realmente va.

Si hiciéramos una encuesta, pocos serían capaces de decirnos más de diez ubicaciones en una periferia cercana, y sin embargo, exhiben en sus casas la botella de mamajuana, el tibor de China, la daga asiática e infinidad de recuerdos, como ya hemos dicho, horteras, tallados y realizados por supuestos indígenas, cual si fueran tesoros únicos.

El viaje ha pasado de ser conocimiento a ser presunción, todos vamos a donde van los demás y es más fácil encontrar vecinos en el extranjero que en tu propio rellano. El consumismo se ampara en el pseudoprestigio de viaje cuanto más lejano mejor; el exotismo se ha tornado en algo anhelable y cuanto más absurdo mejor. Se aceptan costumbres y se ahonda en conocimientos superficiales, en la mayoría de los casos reinventados, que buscan la sonrisa, el placer y, sobre todo, el dinero del guiri.

Tradicionalmente España era receptora, hoy somos “superiores”, hoy viajamos, sobre todo a destinos de postal, es decir, que sólo permiten escribir cuatro líneas por detrás. Los españoles nos sacamos fotos intentando enderezar la torre de Pisa, tomando una piña colada o al lado de un indígena cuanto más oscuro mejor, y hacemos de esto un acto de prestigio personal. El 90% de las improntas fotográficas personales son: si es en tu lugar de procedencia, comiendo, como si nadie más comiera, y si es fuera, viajando, delante y tapando parte de algún que otro edificio o paisaje emblemático, como si nadie más hubiera viajado. Desgraciadamente, cuanto más viaja la gente, a menos sitios va.

La globalización no tiene más que dos líneas y las dos son meramente comerciales. Hoy es posible comprar en El Corte Inglés tallas en ébano más auténticas que en el corazón de África, cuencos chinos más chinos que en la propia China y así sucesivamente. Pensamos que el viaje, sobre todo del que estamos hablando, el turístico, ha de disfrutarse desde el primer metro y ha de optarse por un destino, más que nada por aquello de la direccionabilidad y, como el yogur, ha de tener tropezones, al que no le gustan los tropezones también sirve con gusto a algo, a lo que sea. Y el mejor viaje siempre será aquel en el cual el destino no llegue a alcanzarse por interrupción voluntaria del itinerario previsto.

Estamos tan a favor del viaje que nuestra apuesta va por el viaje diario y, si nos apuran, por el viaje horario. Tomarse cada paso como un viaje de cercanías puede que nos ayude a viajar mejor.

Resulta altamente vergonzoso observar a guías de viaje alzando el báculo, banderola… delante de reatas turísticas a las cuales sólo falta decir “beeeeeee”, dando supuestas lecciones de historia que a pocos de los que concurren interesa y, por cierto, este/a mismo/a guía siempre se acuesta con el/la viajero solitario, cuando no con el/la acompañado.

Postdata: a los amigos que se conocen en los viajes se les promete con enorme efusividad un contacto próximo que rara vez llega a producirse. El cambio casi hormonal que se produce en los viajes es altamente positivo, sólo tiene la gran contraindicación del desprecio de lo cotidiano.

Viajar o no viajar no es en la actualidad una cuestión ni de inteligencia ni de bonhomía, es sencilla y vulgarmente una cuestión de buena economía, la cual se procura refregar al prójimo. El disfrute en los viajes tiene la misma frecuencia que en la vida cotidiana, lo que pasa es que en los viajes la insatisfacción siempre se disimula.