DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas -Las Sobrevaloraciones

Tenemos ciertas dudas sobre si este capítulo debería titularse “injusticias”, pero al fin y al cabo poco importa. La justicia entra también dentro de las cuestiones sobrevaloradas. Tanto a nivel individual como colectivo, tanto en tiempo remotos como en los presentes, la importancia de las cosas ha sido siempre periférica, no de las cosas en sí. Es decir, poco importa cualquier valor si el entorno de lo valorado no se lo da.

Vamos más que nada a enumerar lo que consideramos que cumple estos requisitos, acompañando a cada sobrevalor lo injustamente infravalorado, puesto que toda sobrevaloración siempre usurpa valores ajenos. Así, en literatura hay dos grandes autores, Shakespeare y Cervantes, de tal manera que es prácticamente pecado no haberlos leído, ¿son realmente los mejores de todos los tiempos?, ¿es El Quijote la mejor de todas las novelas? Sinceramente, no. En arte ocurre ídem de ídem y están sobrevaloradas La Gioconda, El David, Las Meninas, Van Gogh, etc. No obstante, estas sobrevaloraciones no son injustas, lo son mucho más a medida que vamos descendiendo en importancia. Así, el deporte está muchísimo más valorado que, por ejemplo, la ciencia; se valora mucho más a aquel que mete goles que ese otro que descubre algún remedio para cualquier enfermedad. Incluso es “mejor” meter goles que practicar cualquier otra disciplina deportiva o atlética. ¿Es realmente La Macarena una de las mejores canciones de todos los tiempos?

En la actualidad se valora más la fama que el talento y, así, es preferible salir haciendo el imbécil por televisión, haciendo gala de los más zafios comportamientos, que dedicarse con cierto éxito a la agricultura o a cualquier estudio más o menos profundo.

Nos educan ya en nuestra infancia a valorar más la belleza que la inteligencia y los niños prefieren ser guapos a honrados, de tal manera que un poco más crecidos, los modelos – bien llamados maniquíes- cobran más por pasear ropa que aquellos que la confeccionan.

No es necesario ningún tipo de talento ni la más mínima catadura moral para convertirse en un personaje admirado, basta con que el “populacho”, siempre dispuesto, aclame cualquier tipo de necedad.

En alguna reflexión atópica anterior ya hemos hablado de la desproporción entre el mérito y la percepción pecuniaria. La sociedad está (habiéndolo estado siempre) si cabe más confusa cada día en cuanto a las valoraciones; quizá de esto tenga la culpa el bombardeo informativo al que estamos siendo sometidos, pensando que la pluralidad es más o menos positiva e ignorando que es únicamente eso, pluralidad: cuantos más mensajes nos bombardeen no significa que tengamos más información, y cada medio de comunicación nos transmite lo que le es conveniente, no lo que nos es conveniente a nosotros, de tal manera que este exceso abstruso de mensajes es una forma de “aborregamiento”. En los medios va triunfando y se van valorando unos personajes, mensajes y noticias que nunca, volvemos a repetir, tienen relación con su verdadera valía, en definitiva, están sobrevalorados.

Están sobrevalorada la política y los políticos y todo lo que ello representa. Como también dijimos en una reflexión anterior, está muy sobrevalorada la democracia, como si realmente existiera.

El símbolo de la justicia siempre ha sido el personaje de una mujer con los ojos vendados y una balanza. De ahí que la valoración es imprescindible para la propia existencia de la justicia, en la balanza no se ha de poner más en un platillo que en el otro, puesto que si no se desequilibraría. La sobrevaloración es tan exagerada a veces, que está todo en el mismo plato.

Dicen que el ser humano valora las cosas realmente cuando las pierde. Así, reconocemos los valores de nuestros familiares cuando éstos se han muerto; valoramos nuestra salud cuando la perdemos y mientras la tenemos nos pasa desapercibida; valoramos la bondad de unos cuando otros nos hacen daño y tendemos a valorar más las cosas en pretérito que en presente, incluso las valoramos más en futuro. Así nos hacen ilusión algunos objetos hasta que los poseemos, y una vez poseídos no nos ilusionan de igual manera. Hasta los ingleses dicen que siempre es más verde el césped del vecino.

Un padre le pregunta a su hijo qué quiere ser de mayor y éste le responde, sin dudar: “imbécil, quiero ser imbécil”. El padre se sorprende y le pregunta por qué, a lo que el hijo contesta: “papá, siempre estás diciendo ¡mira ese imbécil qué mujer tiene, qué coche tiene, ¡qué ropa lleva!…” En la misma línea se ha escuchado a un señor decir “¡qué mala suerte tengo!, he salido al mar y se me ha estropeado el yate, cojo el Ferrari y también se avería, intento viajar al extranjero en mi jet y enferma el piloto, ¡qué mala suerte tengo!”. Existe un proverbio, al parecer árabe, en el que un señor se cae a un pozo, en el fondo hay serpientes, sus manos sangran de agarrarse al borde y, para colmo, le cae encima un panal de abejas enfurecidas que empiezan a picarle; pero, en entonces una gota de miel cae sobre sus labios y exclama “¡qué rica está!”