DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - Modales y educacion

La educación (modales) es ese pequeño y obligado esfuerzo que hace que los que nos acompañan se sientan mejor. No cabe duda que en sensu stricto tiene ciertos tintes obsoletos, pero entendemos que el mundo definitivamente iría peor si la obviáramos.

La educación decimonónica estaba cargada de formulismos que la hacían extremadamente compleja incluso para la época, por ello en el siglo XX fue degradándose y en el XXI casi ha desaparecido. Los tratados sobre educación y buenas costumbres que antes existían por doquier, hoy está claro que no servirían. Dicho esto, no significa que la total ausencia de normas sea mejor. Esbozaremos algunas situaciones que ocurren precisamente por esa falta de educación, que podríamos equiparar, de alguna manera, con falta de caridad o falta de la más mínima atención o respeto hacia los demás.

Decía la máxima que “en la mesa y en el juego se conoce al caballero”. Hoy las nuevas tendencias alimentarias hacen menos importante una educación en la mesa y, si cabe, toma más importancia la cultura gastronómica. No obstante, deberían mantenerse aquellas normas que hacían a las familias comer unidas y al unísono, sin empezar a comer hasta que el último se haya sentado (que por cierto, el último suele ser siempre el que, para encima, cocina y/o sirve) y sin levantarse hasta que la comida haya concluido.

Un detalle que no traían los antiguos manuales es, por supuesto, no colocar el móvil sobre la mesa o responder llamadas y muchísimo menos realizarlas. El móvil nos facilita mucho la vida pero nos hace esclavos a la vez que egoístas sin saberlo, puesto que a su amparo olvidamos a los que están en nuestra presencia, no siendo para ellos agradable compartir nuestras conversaciones telefónicas. Hay un sinfín de lugares donde el móvil debería permanecer apagado o, en el peor de los casos, en silencio; de todos los inventos modernos es, junto con el automóvil, quizá el que más nos invita a la falta de respeto.

El móvil trajo consigo los mensajes y con ello una justificación a las faltas de ortografía. Éstas hoy son falta de educación, se apela a lo abreviado para escribir sin sujetarse nada más que a las normas del atajo. Los atajos son casi siempre una fuente igualmente de falta de educación y con ello de egoísmo: si fuerzas a alguien a que haga algo que tú has omitido no estás más que demostrando que no te importa en absoluto. ¿Por qué tiene alguien que interpretar unas supuestas abreviaturas por el simple hecho de no escribir tú las palabras completas? Cualquier esfuerzo, por mínimo que sea, al que se obligue al prójimo es vagancia propia, nuestra vagancia impulsa a los demás a complementar nuestra parte correspondiente de esfuerzo. Se ha perdido con la educación parte de la vergüenza y hoy las faltas de ortografía son cometidas incluso por personas con estudios teóricamente superiores. Como ya dijimos, las faltas de ortografía no son más que faltas de esfuerzo.

Para no cargar más, que se podría, sobre la “alevosía” del móvil, pasaremos al automóvil. El automóvil es una coraza donde muchos cambian, se convierten en furibundos insultadores por la más mínima chorrada, por el más mínimo despiste ajeno, llegando a excitaciones totalmente desproporcionadas que avergonzarían al mismo individuo simplemente en cualquier otro lugar que no fuera su automóvil. En los aparcamientos hay quien aparca motos usurpando el lugar de dos automóviles; de la misma manera hay quien aparca su coche sin pensar si puede dejar sitio o salida para otros. La prisa en el automóvil se convierte en dominante incluso para los que no van a ninguna parte en concreto. No están exentos de estas conductas los que por placer utilizan la bicicleta y no tienen en cuenta si obstaculizan a los que desde otros vehículos pueden estar trabajando, creen que simplemente por estar amparados por las leyes poseen patente de corso. Los vehículos se convierten en prolongaciones absurdas del ser humano y lo transforman de tal manera que a cada vehículo casi se corresponde un tipo de comportamiento independientemente de quien vaya en él. Un detalle curioso, al menos en España, es que le semáforo en ámbar sirve para acelerar; en otros países parece que sirve para frenar. Esto viene un poco a colación de otro elemento donde la mala educación aflora: las colas. Siempre tiene más prisa el que menos tiene que hacer el resto del día. En muchos lugares han tenido que colocar un expendedor numérico porque aquello de “¿quién es el último?” que, por otra parte, no era más que educación, ha desaparecido.

Hay lugares que parecen destinados ex profeso para que la gente pierda la educación, véase campos de fútbol. Cualquier norma en ellos es, por supuesto, absurda.

De todas maneras resulta muy difícil tener educación cuando nuestros líderes carecen totalmente de ella. Así, los políticos se faltan al respeto entre sí y vociferan como si consiguieran más votos cuantos más defectos les saquen a sus rivales y no cuantas más virtudes posean ellos. No conocemos a ningún político que muestre sus proyectos o programas sin menospreciar a los demás, es más, la mayoría sólo y únicamente menosprecian.

Nuestros mitos globales, héroes actuales, también carecen de educación y no sólo porque también carecen de estudios; hoy se ha hecho que admiremos a gente con muy pocos valores, e incluso sin ninguno y hemos visto a delincuentes que cuentan con su propio club de fans, a mitos del deporte que muerden, escupen, arañan…, casi lo de menos es que también menosprecian.

Cuando alguien regala algo a los niños y estos permanecen callados, sus padres suelen decir “¿qué se dice?”, demostrando que son ellos los que no tienen educación, lo importante no es lo que se dice, es cómo se dice y, por supuesto, lo que se siente. El afear la conducta de otros en presencia ajena es más de lo mismo: dime de qué presumes y te diré de lo que careces.

En fin, no es moderno, pero creemos que sigue siendo mucho más agradable la educación que la falta de ella. En nuestra sociedad ya no depende del nivel económico, de tal manera parece que hoy son más maleducados los ricos que los pobres. Por eso no podemos más que recomendar una educación no de manual, sino una educación de corazón, una educación en la que los derechos y el bienestar de los demás no estén por debajo del nuestro. Una simple sonrisa es un detalle de la más cara de las buenas educaciones.

También en el vestir se “perpetran” faltas de educación pero será un tema para otra reflexión atópica.