Reflexiones atopicas DeLaQueDiario - Las Religiones

Desde siempre el hombre ha justificado su ignorancia con algún dios. De esta manera cuando ignoraba el origen del sol, adoraba al sol; cuando ignoraba el origen del fuego, adoraba al fuego… hasta que profundizando en su ignorancia e ignorando su propio origen, dejó esta tarea a su dios.

Afortunadamente el tiempo de las religiones ha entrado en recesión. La parte terrenal de estas se ha hecho paulatinamente más liviana y creemos que la tendencia natural de un mundo civilizado es a su desaparición o al menos a una transformación radical. No obstante, como en muchas otras cuestiones, en sus últimos estertores los fanatismos se han hecho más radicales.

Todas las religiones han intentado dominar al individuo a través de la amenaza del pecado. El pecado, la blasfemia y la transgresión de las normas religiosas son para la religión causa de sufrimiento. De esta manera, todas, independientemente de sus orígenes, han intentado reglar los placeres humanos y han hecho especial hincapié en los carnales y en los alimentarios. Dominando el placer humano, la religión ha sometido al hombre. Obsérvese que metemos a todas las religiones prácticamente en el mismo saco, en el fondo la línea de prohibición de todas ellas va en el mismo sentido: ninguna de ellas permite el sexo a mansalva y las que no prohíben comer cerdo, prohíben comer vaca, las que no prohíben comer un día o a una hora, lo prohíben otrora.

Estamos en el siglo veintiuno, la estética de los popes, papas, sacerdotes, sacerdotisas, lamas, imanes…, en definitiva de los pregoneros de la fe, es tan obsoleta que resulta difícil su lógica justificación y eso por hablar tan sólo de la estética, puesto que la ética lleva el mismo camino, y así las religiones mayoritarias pasan por una ética pret a porter, es decir, los acólitos son y practican la religión a su exclusiva medida. Los cristianos tienen prohibida, entre otras cosas, la gula o el sexo por exclusivo placer, sin embargo, casi ninguno se priva de estos goces y aún así, a pesar de no cumplir con sus propios preceptos, se siguen confesando cristianos. Esto lo podemos hacer extensible a todas las demás creencias y variantes, en mayor o menor medida, resultando que a mayor grado de aceptación de la propia religión, mayor grado de fanatismo, ergo necedad.

Resulta absurdo intentar combatir cualquier tipo de religión de forma lógica, a pesar de que están todas tan incrustadas en los poderes fácticos de tal manera que es muy difícil separar poder o estado de la propia religión. Estamos hablando incluso de estados que se autoproclaman laicos; en términos reales no existe el estado laico.

Las religiones ostentan como arma defensiva el pecado y consideran a aquellos que no respetan sus preceptos como blasfemos, llegando a situaciones de alta peligrosidad social, incluso en pecados leves o veniales. Entienden como falta de respeto el tratar a sus dioses o preceptos de forma libre, incluso de forma lógica; es por ello que no debemos respetar ninguna religión, el respeto es algo que tiene quien lo tiene, no que se le debe a quien lo exige.

Ninguna religión es ajena a ninguno de los grandes desmanes, tropelías o luchas que ha sufrido consecutivamente la humanidad a través de todas las épocas históricas. Las religiones funcionan bien cuando, de la mano del poder, domeñan al pueblo y lo hacen dócil. No hay nada más tonto, y sobre todo infeliz, que un pueblo dócil.

Soluciones utópicas:

No se trata de prohibir las religiones, puesto que prohibir es algo en sí religioso. Tampoco se trata de no respetarlas, todo lo contrario, se trata de introducir el respeto en cada devoto, es decir, que cada devoto respete en primer lugar su propia religión y, de ser posible, que haga caso omiso de la religión de los demás. Que los estados tengan claro que el gobierno no puede ser pariente de la fe y que la única manera de evolucionar es un orden pragmático que se ocupe de la felicidad terrenal de los individuos y no de la posibilidad de esa felicidad eterna que suele acompañar a una actualidad mísera.

Posdata: afortunadamente la religión tiene un pariente próximo en el deporte, que puede calmar, en parte, la natural sed de mito del ser humano. En Argentina Maradona es Dios, en el Barcelona lo es Messi, Indurain estuvo a la altura de Zeus y el Santiago Bernabéu es comparable para muchos al Olimpo. No está mal como placebo religioso.