Reflexiones atopicas DeLaQueDiario - Los Pecados Capitales

Los pecados han perdido, incluso para la propia iglesia, aquella fuerza demoledora que hacía al pecador merecedor del más severo castigo. Incluso hay algunos que la propia iglesia se jacta de cometer. Analicémoslos uno a uno.

Lujuria: Este sí que la iglesia castiga duramente, sin embargo, la sociedad no existiría sin él. Hoy es imposible concebir el sexo sin lujuria y ésta a su vez no se puede separar del deseo. ¿Cómo puede ser pecado algo que es no sólo deseable si no imprescindible? Muchas parejas, incluso católicas, rompen porque la lujuria desaparece de ellas o porque el objeto de ésta se traslada a otra parte. ¿Qué otra forma de sexo podemos practicar?, ¿podemos? Desde aquí no sólo no abominamos la lujuria, sino que la consideramos justa y necesaria, otra cosa es la medida, pero la medida es necesaria para todo, no sólo para la lujuria.

Gula: Aquí sí que no encontramos oposición ni siquiera en la iglesia. Confiesan su gula obispos, sacerdotes… hasta el Santo Padre. Las monjas de muchas comunidades se dedican a realizar elaboraciones culinarias con el objeto de resultar golosas. La gula es algo a la que nadie se ve ajeno, salvo los que obligatoriamente han de comer para poder sobrevivir, que, por desgracia, no pueden comer ni con gula ni sin ella. Los trastornos alimentarios actuales tienen bien poco que ver con la gula y sí con modas absurdas de extrema delgadez o políticas de fast food. La gula, en el amplio sentido, para nosotros, lejos de ser un pecado, es una gran virtud. Los grandes cocineros no podrían crear sus elaboraciones si no estuviesen tocados por una exquisita gula.

Avaricia: La avaricia o codicia sí que es para nosotros una falta relativamente grave, si bien no la creemos merecedora de pena porque en su posesión está el propio castigo. No es posible ser feliz estando poseído por la codicia y la infelicidad eterna es ya el (supuesto) infierno en vida.

Pereza: Existen muchos tipos de pereza, la que afecta a los demás y la que sólo afecta a uno mismo. De la segunda, allá cada cual, pero de la primera sí que no somos nada partidarios. La pereza que obliga a los demás a trabajar por lo que uno deja de hacer, no puede ser nunca bien vista.

Ira: Esto sí que no es ni pecado ni virtud, es la reacción ante un determinado estímulo. Aquí entraríamos en si está justificada en algunos casos o no. Cuentan los propios cristianos muchas historias de la ira de Dios, Jesucristo se enfadó muchas veces, echó a los fariseos del templo con no muy buenos modales…, en definitiva, ¿cómo puede ser pecado algo que el propio Dios practica? Aquí sí que podemos decir que estamos hechos a su imagen y semejanza. En definitiva, como en todo, volvemos a la medida.

Envidia: Volvemos otra vez a un sentimiento del que su poseedor puede ser culpable o no. Aquí, más que la medida, lo que importa es lo que se hace con ella; si la envidia o los celos no salen del interior de uno puede que estemos, no con un pecador, sino casi con un santo, la propia iglesia valora en no caer ante la tentación. En definitiva, los celos sólo son buenos si no se utilizan, y un cierto grado de envidia puede estimular para la mejora personal.

Soberbia: Es en sí una estupidez. El soberbio en realidad nunca es soberbio, siempre es estúpido y volvemos a lo de siempre, en serlo consiste su castigo. No deseamos la soberbia en nadie, pero muchísimo menos en nosotros mismos.

Observemos que de los siete pecados capitales apenas nos ha quedado uno y medio y hemos concluido, al menos, en dos aparentes virtudes. ¿Por qué se nos ha amenazado secularmente con algo que en realidad no existe? La amenaza sí que es un pecado, que casualmente ejerce quien vela por nuestras virtudes y es una amenaza tan grave, que no sólo nos castigan con la inocua muerte, sino con el fuego abrasador y eterno.

Emparentados con los pecados capitales en vía ascendente están los mandamientos y, a continuación las virtudes teologales y también las bienaventuranzas. Intentaremos analizarlos en posteriores ocasiones para descubrir cuáles realmente son imprescindibles para una vida llena de bondad.