DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - La democracia

A lo largo de la historia ha habido muchas formas para gobernar a un pueblo. En los últimos años parece ser que la democracia ha sido entendida como la mejor, hasta tal punto que se torna en insulto llamar a alguien antidemócrata o simplemente estar a favor de cualquiera de las otras fórmulas de domeñar a un pueblo.

En principio, democracia debería significar el gobierno del pueblo, o sea, que el pueblo gobierne. Desgraciadamente no conocemos ningún país, democrático o no, donde esto suceda. Puestos a defender, al menos semánticamente, sería mucho mejor la aristocracia, puesto que significaría ser gobernado por los mejores. Tampoco, otra vez desgraciadamente, conocemos ningún país en el que esto ocurra.

A vueltas con la democracia, si en principio puede parecer la fórmula más “moral” de gobernar, nos encontramos con un “pero”, que más bien es un “cómo”. Es decir, ¿cómo conseguir una auténtica democracia? Aquí nace nuestro “encontronazo” con la actualmente mal llamada democracia en su esencia. El pueblo ni ha mandado ni está mandando, ni siquiera elige a sus dirigentes, no hay que elevar el grito al cielo, es exactamente así. El pueblo está en manos del cuarto poder (prensa y medios de comunicación), y el cuarto poder está en manos de los primeros poderes y todos ellos en manos del capital. No decimos esto ni muchísimo menos desde una óptica comunista, ni siquiera obsoleta de izquierdas, sino desde una visión fría de la cruel realidad. En los países supuestamente desarrollados, el que uno u otro candidato o partido salga elegido, no depende nunca de sus cualidades, no hay una oposición competitiva en cuanto a cualidades, sino en cuanto a popularidad, íntimamente ligada con la propaganda a la que puedan tener acceso mediante cualquier método, lícito o no. Si aparte de esto observamos que los grandes grupos de pensamiento rara vez superan en diversidad dos o tres corrientes ideológicas (ideologías por llamarles algo), realmente otorgan al pueblo la capacidad de elección entre calamidades y desgracias, entre tortas o puñetazos, y, en todos los casos, envueltos en promesas, promesas y promociones más o menos coloristas más propias de la venta de detergentes que de soluciones para un país.

Las democracias han sido encarceladas en partidos políticos que de por sí ya las anulan. A nadie le gustaría elegir entre dos, tres o cuatro dictadores individuales, ¿qué diferencia hay entre elegir entre dos, tres o cuatro partidos? Por si fuera poco, los propios partidos ponen sus propias reglas, con la única intención de ser elegidos. La única preocupación que tienen es exactamente esa: cómo ganar las próximas elecciones. Para eso se encargan, entre otras cosas, de comprar, vender, publicitar, elaborar listas cerradas, difamar –sobre todo a los oponentes- y prometer todo aquello que pueda proporcionarles votos.

Está muy bien hablar del pueblo, pero el pueblo siempre ha sido imbécil. La única posibilidad de inteligencia que tiene una persona es la individualidad, el cerebro no es algo a sumar: un millón de personas no tienen más cerebro que el más listo de ellos solo. Luego, esta imbecilidad del pueblo es aprovechada precisamente para hacernos creer que estamos mandando, es decir, que estamos en democracia. En muchas de las antiguas películas del oeste veíamos como un ser bueno se encargaba de evitar que el populacho linchara al detenido en la cárcel; las grandes tonterías que el pueblo unido ha hecho son innumerables, empezando de atrás hacia adelante, el yihadismo cuenta con el fervor del pueblo, el nazismo contó en su día con el mismo fervor… Hemos visto al pueblo aclamando dictaduras por inmensa mayoría en todas las latitudes, incluso en nuestro país. El pueblo, además de ser imbécil, es absolutamente voluble y lo mismo que hoy aclama, mañana vitupera.

El auténtico poder hoy, ya no es el cuarto, quien tenga los medios de comunicación en su poder también tendrá al pueblo en su poder. Hay quien piensa que hay medios de comunicación de todas las ideologías, rotundamente NO. Los medios de comunicación son sólo de tres o cuatro ideologías y, de esas, más de unas que de otras. No todas las ideologías tienen acceso a los eficaces medios, entre otras cosas, por falta de medios, cuando no porque los poderes fácticos ya se han encargado sempiternamente de cerrar el paso a cualquier competencia que pueda, como en la jungla, restarles su parte territorial.

Unas medidas utópicas serían:

– No tomar el nombre de la democracia como el de un dios, insistimos, la democracia es una de las fórmulas de gobierno que, en todo caso y sin ninguna duda, es peor que la aristocracia.
– ¿Quién le pone el cascabel al gato? Tanto el problema de la democracia como el de la, por nosotros deseada, aristocracia, es cómo conseguir que tanto una como otra sean reales. Hay quien defiende la monarquía como la forma correcta de gobierno puesto que el rey se prepara desde que nace para gobernar y los políticos generalmente no y, en todo caso, mucho más tardíamente. Desde aquí nosotros abogamos por políticos profesionales y, en todo caso, por muchísimos menos de los existentes en la actualidad y que accedan a puestos superiores mediante oposición, es decir, que demuestren sus habilidades para el gobierno previamente, eligiendo tras estas “competiciones” a aquellos con mayores méritos.
¿Qué pasa con esta solución? Que el pueblo dirá ¿y nosotros qué pintamos en esto?, ¿para qué queremos pintar nada? Cada vez que el pueblo pinta algo es a su propia costa. En el caso de que alguien del pueblo quiera “pintar” algo, tiene una solución, que se dedique a la política.