DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - La Felicidad

No somos excesivamente amigos de las normas y mucho menos de cualquier obligatoriedad, pero este es el caso contrario. Si hubiera que estipular una ley de estricto cumplimiento, sería la de la felicidad obligatoria. Sería este, además, un precepto, al cual no haría falta una redacción muy extensa, puesto que no estaría limitado ni cuantificado.

Hay quien piensa que la felicidad comparte con la libertad el límite de las del prójimo, tu felicidad no ha de ser ni representar la merma en absoluto de la de otro, pero en este caso creemos que la felicidad es diferente a la libertad, o sea, que no se puede es ser real y profundamente feliz si estás rodeado de la más mínima infelicidad ajena.

La norma que proponemos significaría ser feliz por obligación, sin estar a la espera de que las circunstancias nos sean favorables, es decir, no depender de éstas en el ámbito de la felicidad personal. El refranero español tiene algunos ejemplos que redundan en esta idea “a mal tiempo, buena cara”, “si tiene arreglo, se arreglará, si no arreglado está”, “ande yo caliente y ríase la gente”… y muchísimos más.

La felicidad debería estar premiada con un salario que sería proporcional a la cantidad de ésta, puesto que si cumples una norma obligatoria, en este caso estarías casi ejerciendo un servicio público, porque una buena felicidad es altamente contagiosa. Y ahora que decimos “una buena felicidad” nos viene a la mente la pregunta “¿hay felicidades malas?”. Sólo unas pocas y todas ellas dimanan de la imbecilidad. No son deseables las felicidades que provienen de la ignorancia, puesto que a la corta o a la larga acaban corrompiéndose. Ahora bien, no entendemos por ignorancia aquellas culturas que no participan de nuestros teóricos conocimientos, no son ignorantes los hombres anclados en costumbres ancestrales de algunas tribus, no son ignorantes ni siquiera todos los analfabetos, sólo son ignorantes aquellos que no utilizan sus sentidos para percibir.

Para esta norma que proponemos hay un verbo altamente pernicioso, que es el verbo tener, en su sinonimia con poseer, y hay dos verbos que son todo lo contrario, que son ser y estar, especialmente el segundo. Hay igualmente una infección verbal que es, por natural, difícil de tratar, estamos hablando de competir, porque viene con los adláteres de ganar y perder, con todo el riesgo que esto conlleva. Precisamente por la propia configuración de competir, siempre serán mayores las posibilidades de perder que las de ganar, con lo que estamos jugándonos tontamente la felicidad, tanto la propia como la ajena, puesto que el ganar nosotros significaría que perdieran los demás.

La mayor parte de los consejos morales de todos los grupos de pensamiento nos acaban proponiendo “ser buenos”. Sin un planteamiento hedonista de la vida es más difícil serlo y creemos que siendo real y auténticamente feliz no hace falta recomendar como comportamiento la bondad, puesto que viene implícita.

Evidentemente, esta norma es más fácil de proponer que de cumplir y nos plantea el cómo lograrlo. La respuesta es: a través de la educación y el entrenamiento del talante, otorgando a este último más aprecio que al talento.

Dicen que el cuerpo produce unas sustancias “responsables” de la felicidad (dopamina, serotonina y endorfina) y que todos no producimos la misma cantidad, pero de la misma manera que en estados de irritación aumenta la adrenalina, estamos seguros que en estado de felicidad, aunque sea forzada, el cuerpo hará lo mismo con aquellas.

Un buen entrenamiento consistiría en levantarnos cada mañana con el planteamiento de “a ver a quién podemos hacer feliz hoy”. Esto, sin duda, provocaría las suficientes sinergias como para repercutirnos con creces. Un simple semblante risueño es provocador, los pequeños gestos, actitudes, e incluso poses, van sumando, del mismo modo que las malas prácticas, generalmente egoístas, lo que consiguen es la propia infelicidad independientemente de la ajena.

La felicidad no es acaparable, puesto que cuando se acapara desaparece. Es, por lo contrario, tan deseable que se produce un hecho contradictorio: cuanto más repartes, más te queda a ti.

Sed, seamos felices.