DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - Modales y educacion

La educación (modales) es ese pequeño y obligado esfuerzo que hace que los que nos acompañan se sientan mejor. No cabe duda que en sensu stricto tiene ciertos tintes obsoletos, pero entendemos que el mundo definitivamente iría peor si la obviáramos.

La educación decimonónica estaba cargada de formulismos que la hacían extremadamente compleja incluso para la época, por ello en el siglo XX fue degradándose y en el XXI casi ha desaparecido. Los tratados sobre educación y buenas costumbres que antes existían por doquier, hoy está claro que no servirían. Dicho esto, no significa que la total ausencia de normas sea mejor. Esbozaremos algunas situaciones que ocurren precisamente por esa falta de educación, que podríamos equiparar, de alguna manera, con falta de caridad o falta de la más mínima atención o respeto hacia los demás. (más…)

DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - Machos y hembras

Resulta terriblemente manida la pregunta de qué fue primero, el huevo o la gallina, que todavía muchos casi pensantes suelen hacer en un tono más o menos jocoso. La solución es tan simple que resulta vergonzosa la respuesta, y no hace falta acudir a Darwin. Los primeros seres vivos unicelulares y protozoos (por cierto, el huevo es, de alguna manera, una célula grande) fueron evolucionando progresivamente… ¿Evolucionando?, ¿cuándo comenzó la evolución? Está harto probado que la partenogénesis fue el primer sistema reproductivo, es decir, los hijos eran igual que las madres, perdón, las hijas eran igual que las madres, las nietas igual que las abuelas. Los seres no necesitaban ningún contacto sexual y eran consecutivamente iguales que sus antecesores. Fue necesario un accidente, una alteración, un, por decirlo de alguna forma, error para que apareciese un elemento diferenciador. Este elemento innecesario, casi patológico, podría definirse aproximadamente como “macho”, algo tan inútil que en aquellos momentos no servía para nada, una alteración genética absolutamente prescindible. Luego, ¿qué interés tiene o qué puede aportar este denominado “macho”? Única y sencillamente aporta el error, aporta un mensaje genético lo suficientemente erróneo como para que las hijas no sean igual que las madres. Esto, más allá del propio error, lleva a un mundo de nuevas mutaciones, a un mundo tan lleno de error en las copias que cada copia es única y distinta. (más…)

DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas -Las Sobrevaloraciones

Tenemos ciertas dudas sobre si este capítulo debería titularse “injusticias”, pero al fin y al cabo poco importa. La justicia entra también dentro de las cuestiones sobrevaloradas. Tanto a nivel individual como colectivo, tanto en tiempo remotos como en los presentes, la importancia de las cosas ha sido siempre periférica, no de las cosas en sí. Es decir, poco importa cualquier valor si el entorno de lo valorado no se lo da.

Vamos más que nada a enumerar lo que consideramos que cumple estos requisitos, acompañando a cada sobrevalor lo injustamente infravalorado, puesto que toda sobrevaloración siempre usurpa valores ajenos. Así, en literatura hay dos grandes autores, Shakespeare y Cervantes, de tal manera que es prácticamente pecado no haberlos leído, ¿son realmente los mejores de todos los tiempos?, ¿es El Quijote la mejor de todas las novelas? Sinceramente, no. En arte ocurre ídem de ídem y están sobrevaloradas La Gioconda, El David, Las Meninas, Van Gogh, etc. No obstante, estas sobrevaloraciones no son injustas, lo son mucho más a medida que vamos descendiendo en importancia. Así, el deporte está muchísimo más valorado que, por ejemplo, la ciencia; se valora mucho más a aquel que mete goles que ese otro que descubre algún remedio para cualquier enfermedad. Incluso es “mejor” meter goles que practicar cualquier otra disciplina deportiva o atlética. ¿Es realmente La Macarena una de las mejores canciones de todos los tiempos?

En la actualidad se valora más la fama que el talento y, así, es preferible salir haciendo el imbécil por televisión, haciendo gala de los más zafios comportamientos, que dedicarse con cierto éxito a la agricultura o a cualquier estudio más o menos profundo.

Nos educan ya en nuestra infancia a valorar más la belleza que la inteligencia y los niños prefieren ser guapos a honrados, de tal manera que un poco más crecidos, los modelos – bien llamados maniquíes- cobran más por pasear ropa que aquellos que la confeccionan.

No es necesario ningún tipo de talento ni la más mínima catadura moral para convertirse en un personaje admirado, basta con que el “populacho”, siempre dispuesto, aclame cualquier tipo de necedad.

En alguna reflexión atópica anterior ya hemos hablado de la desproporción entre el mérito y la percepción pecuniaria. La sociedad está (habiéndolo estado siempre) si cabe más confusa cada día en cuanto a las valoraciones; quizá de esto tenga la culpa el bombardeo informativo al que estamos siendo sometidos, pensando que la pluralidad es más o menos positiva e ignorando que es únicamente eso, pluralidad: cuantos más mensajes nos bombardeen no significa que tengamos más información, y cada medio de comunicación nos transmite lo que le es conveniente, no lo que nos es conveniente a nosotros, de tal manera que este exceso abstruso de mensajes es una forma de “aborregamiento”. En los medios va triunfando y se van valorando unos personajes, mensajes y noticias que nunca, volvemos a repetir, tienen relación con su verdadera valía, en definitiva, están sobrevalorados.

Están sobrevalorada la política y los políticos y todo lo que ello representa. Como también dijimos en una reflexión anterior, está muy sobrevalorada la democracia, como si realmente existiera.

El símbolo de la justicia siempre ha sido el personaje de una mujer con los ojos vendados y una balanza. De ahí que la valoración es imprescindible para la propia existencia de la justicia, en la balanza no se ha de poner más en un platillo que en el otro, puesto que si no se desequilibraría. La sobrevaloración es tan exagerada a veces, que está todo en el mismo plato.

Dicen que el ser humano valora las cosas realmente cuando las pierde. Así, reconocemos los valores de nuestros familiares cuando éstos se han muerto; valoramos nuestra salud cuando la perdemos y mientras la tenemos nos pasa desapercibida; valoramos la bondad de unos cuando otros nos hacen daño y tendemos a valorar más las cosas en pretérito que en presente, incluso las valoramos más en futuro. Así nos hacen ilusión algunos objetos hasta que los poseemos, y una vez poseídos no nos ilusionan de igual manera. Hasta los ingleses dicen que siempre es más verde el césped del vecino.

Un padre le pregunta a su hijo qué quiere ser de mayor y éste le responde, sin dudar: “imbécil, quiero ser imbécil”. El padre se sorprende y le pregunta por qué, a lo que el hijo contesta: “papá, siempre estás diciendo ¡mira ese imbécil qué mujer tiene, qué coche tiene, ¡qué ropa lleva!…” En la misma línea se ha escuchado a un señor decir “¡qué mala suerte tengo!, he salido al mar y se me ha estropeado el yate, cojo el Ferrari y también se avería, intento viajar al extranjero en mi jet y enferma el piloto, ¡qué mala suerte tengo!”. Existe un proverbio, al parecer árabe, en el que un señor se cae a un pozo, en el fondo hay serpientes, sus manos sangran de agarrarse al borde y, para colmo, le cae encima un panal de abejas enfurecidas que empiezan a picarle; pero, en entonces una gota de miel cae sobre sus labios y exclama “¡qué rica está!”

DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - Viajar - Viaja Asturias con DeLaQue

Viajar consiste en desplazarse, otra cosa es el motivo. Trataremos aquí únicamente, y para evitar malos entendidos, del viaje aparentemente turístico.

Se puede viajar sin ir a ningún sitio, incluso turísticamente hablando, pero tampoco se trata de hacer un hoyo en el suelo a base de profundizar. A lo largo de la historia, si no la mayoría sí gran parte de las obras literarias se han hecho acerca de los viajes. Estos no se entendían como turísticos porque de aquella, evidentemente, el turismo no existía. Así, La Odisea, La Eneida, El Quijote, Miguel Strogoff, las obras de Julio Verne… y no tan últimamente Viaje a la Alcarria, La pasión turca… En nuestro mundo, el viaje turístico se ha tornado en hortera, sencillamente ha desaparecido. Todos los sitios son iguales, hemos descubierto al mismo camarero sirviéndonos café en un área de servicio de autopista a lo largo de miles de kilómetros por Europa; hemos comido las mismas arepas con la misma pulsera y la misma camarera, esta vez con un ligero color, a lo largo de todo América y parte de Asia; nos han recibido tribus supuestamente primitivas en todos los continentes a cambio de la moneda pertinente y hemos pagado por las fotos con el chamán de turno.

Hoy existe una ventana por la que se viaja, que es la televisión. Desgraciadamente se va siempre al mismo sitio, vayas donde vayas te están esperando y encuentras amigos, por supuesto interesados. Hoy importa más la lejana lontananza que el próximo conocimiento. Se viaja para enseñar, hasta hace poco diapositivas, hoy fotos digitales, a los amigos próximos, que han de sufrir el viaje ajeno como parte sub-rateada del prestigio social que esto conlleva. Cancún, Sheychelles, Sri Lanka, India… no dejan de ser tópicos y lugares comunes a donde todo el mundo viaja y nadie realmente va.

Si hiciéramos una encuesta, pocos serían capaces de decirnos más de diez ubicaciones en una periferia cercana, y sin embargo, exhiben en sus casas la botella de mamajuana, el tibor de China, la daga asiática e infinidad de recuerdos, como ya hemos dicho, horteras, tallados y realizados por supuestos indígenas, cual si fueran tesoros únicos.

El viaje ha pasado de ser conocimiento a ser presunción, todos vamos a donde van los demás y es más fácil encontrar vecinos en el extranjero que en tu propio rellano. El consumismo se ampara en el pseudoprestigio de viaje cuanto más lejano mejor; el exotismo se ha tornado en algo anhelable y cuanto más absurdo mejor. Se aceptan costumbres y se ahonda en conocimientos superficiales, en la mayoría de los casos reinventados, que buscan la sonrisa, el placer y, sobre todo, el dinero del guiri.

Tradicionalmente España era receptora, hoy somos “superiores”, hoy viajamos, sobre todo a destinos de postal, es decir, que sólo permiten escribir cuatro líneas por detrás. Los españoles nos sacamos fotos intentando enderezar la torre de Pisa, tomando una piña colada o al lado de un indígena cuanto más oscuro mejor, y hacemos de esto un acto de prestigio personal. El 90% de las improntas fotográficas personales son: si es en tu lugar de procedencia, comiendo, como si nadie más comiera, y si es fuera, viajando, delante y tapando parte de algún que otro edificio o paisaje emblemático, como si nadie más hubiera viajado. Desgraciadamente, cuanto más viaja la gente, a menos sitios va.

La globalización no tiene más que dos líneas y las dos son meramente comerciales. Hoy es posible comprar en El Corte Inglés tallas en ébano más auténticas que en el corazón de África, cuencos chinos más chinos que en la propia China y así sucesivamente. Pensamos que el viaje, sobre todo del que estamos hablando, el turístico, ha de disfrutarse desde el primer metro y ha de optarse por un destino, más que nada por aquello de la direccionabilidad y, como el yogur, ha de tener tropezones, al que no le gustan los tropezones también sirve con gusto a algo, a lo que sea. Y el mejor viaje siempre será aquel en el cual el destino no llegue a alcanzarse por interrupción voluntaria del itinerario previsto.

Estamos tan a favor del viaje que nuestra apuesta va por el viaje diario y, si nos apuran, por el viaje horario. Tomarse cada paso como un viaje de cercanías puede que nos ayude a viajar mejor.

Resulta altamente vergonzoso observar a guías de viaje alzando el báculo, banderola… delante de reatas turísticas a las cuales sólo falta decir “beeeeeee”, dando supuestas lecciones de historia que a pocos de los que concurren interesa y, por cierto, este/a mismo/a guía siempre se acuesta con el/la viajero solitario, cuando no con el/la acompañado.

Postdata: a los amigos que se conocen en los viajes se les promete con enorme efusividad un contacto próximo que rara vez llega a producirse. El cambio casi hormonal que se produce en los viajes es altamente positivo, sólo tiene la gran contraindicación del desprecio de lo cotidiano.

Viajar o no viajar no es en la actualidad una cuestión ni de inteligencia ni de bonhomía, es sencilla y vulgarmente una cuestión de buena economía, la cual se procura refregar al prójimo. El disfrute en los viajes tiene la misma frecuencia que en la vida cotidiana, lo que pasa es que en los viajes la insatisfacción siempre se disimula.

DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - Animales

Se ha dicho que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero más bien resulta todo lo contrario, es el hombre el que se erige en ídolo a imitar, de tal forma que todo aquello que nos rodea tiende a ser humanizado, como no podría ser de otra manera, puesto que nosotros somos los que analizamos.

Esta humanización se hace muy ostensible en cuanto a los animales, otorgándoles unas propiedades y unos comportamientos que son propios exclusivamente de hombres y no de ellos. Así, por ejemplo, al león se le otorga nobleza y el papel del villano corre en este caso a cargo de la hiena, cuando si analizamos sus comportamientos y si obráramos en justicia, se invertirían los términos. ¿Por qué se produce esto? Por una sencilla razón que es uno de los mayores errores humanos: el hombre siempre ha confundido la ética con la estética. Así, los animales con mejor aspecto pasan a tener una mayor valoración, no se puede comparar la hermosa melena de uno de los felinos más vagos con la grupa caída y el aspecto desaliñado de un simple cánido que ha de cazar en grupo y alimentarse en ocasiones de carroña.

Esta confusión entre ética y estética se produce también en cuanto a la supuesta inteligencia de las bestias. Así, resulta más inteligente el caballo que el burro, simplemente por su aspecto. Igualmente el resto de los valores están tintados de una más que profunda confusión estética, a saber, la paloma es el símbolo de la paz, simplemente por el hecho de hacer poco más que comer y excrementar. La gaviota fue considerada símbolo de la libertad, cuando hoy depende de las basuras humanas. El zorro es traidor, puesto que procura, con buen criterio, ocultarse del hombre. El lobo es malo, sin embargo la madre de Caperucita, esa insensata que manda a su hija sola a través de un bosque peligroso en lugar de ir ella misma, es una santa.

A los animales que en su lucha por la supervivencia vencen al hombre, son malos y no se les otorga ninguna nobleza, véase ratas, insectos, cucarachas…, sin embargo aquellos cuya fragilidad vital y su escasa capacidad de adaptación al medio por sus limitadísimas dietas o por sus propias debilidades, son tratados con un total y absoluto proteccionismo, véase osos, pandas, koalas…

Los méritos que se atribuyen a otros son la facilidad para hacernos la pelota, así el perro es el mejor amigo del hombre, sencillamente porque mueve la cola cuando se acerca su dueño. El gato, aún gozando de buen predicamento, nunca es colocado por encima porque sólo deja que lo alimenten y rasquen y además no obedece de la misma manera. Un ejemplo exagerado lo encontramos en el correcaminos y el coyote de los dibujos animados. El primero sólo corre, puede que sea un gran deportista, sólo de la velocidad, que, por otra parte parece ser congénita, sin embargo el coyote es todo un creador, se pasa las horas trabajando en inventos y argucias que le permitan comer, pero fracasa incluso ilógicamente. El cuervo y, en general, todos los córvidos son aves inteligentes; como son negros son asociadas con el mal. La urraca, al tener algunos trozos blancos y, pese a ser considerada ratera, tiene mejor predicamento. El buitre es quien es y el búho es sabio únicamente porque tiene los ojos grandes.

Muchas personas se niegan a comer conejo, burrito, cerdito y, en occidente, perro, no negándose a comer, por ejemplo, pollo en un puro alarde de racismo. Las serpientes, pese a no tener brazos ni piernas no son tratadas precisamente como minusválidas y aquí las barreras se les ponen al revés: dan tanta repulsión las venenosas como las que no lo son.

A estas alturas podríamos seguir hablando de animales pero no sabemos si os dais cuenta de que no estamos hablando exactamente de animales. Sirva lo anterior como reflexión y otorguemos a cada persona que conozcamos las características de un animal, pero a la inversa, es decir, ¿por qué es innoble, porque se parece a la hiena?, ¿notáis alguna similitud entre Cristiano Ronaldo y el correcaminos?, ¿por qué nuestro vecino que no nos saluda es un zorro?

Especialmente a la hora de adjudicar defectos nunca los contrapesamos con los nuestros y en todo comportamiento ajeno no incluimos nuestra parte proporcional de culpabilidad. Cuando cometemos errores, tenemos una natural tendencia a adjudicarlo a algo y, sobre todo, a alguien, cuando en la mayor parte de los casos el mayor porcentaje nos corresponde a nosotros mismos. Valoramos en muchas ocasiones de forma interesada y las apariencias están demasiado presentes en nuestra sociedad.

DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - La Felicidad

No somos excesivamente amigos de las normas y mucho menos de cualquier obligatoriedad, pero este es el caso contrario. Si hubiera que estipular una ley de estricto cumplimiento, sería la de la felicidad obligatoria. Sería este, además, un precepto, al cual no haría falta una redacción muy extensa, puesto que no estaría limitado ni cuantificado.

Hay quien piensa que la felicidad comparte con la libertad el límite de las del prójimo, tu felicidad no ha de ser ni representar la merma en absoluto de la de otro, pero en este caso creemos que la felicidad es diferente a la libertad, o sea, que no se puede es ser real y profundamente feliz si estás rodeado de la más mínima infelicidad ajena.

La norma que proponemos significaría ser feliz por obligación, sin estar a la espera de que las circunstancias nos sean favorables, es decir, no depender de éstas en el ámbito de la felicidad personal. El refranero español tiene algunos ejemplos que redundan en esta idea “a mal tiempo, buena cara”, “si tiene arreglo, se arreglará, si no arreglado está”, “ande yo caliente y ríase la gente”… y muchísimos más.

La felicidad debería estar premiada con un salario que sería proporcional a la cantidad de ésta, puesto que si cumples una norma obligatoria, en este caso estarías casi ejerciendo un servicio público, porque una buena felicidad es altamente contagiosa. Y ahora que decimos “una buena felicidad” nos viene a la mente la pregunta “¿hay felicidades malas?”. Sólo unas pocas y todas ellas dimanan de la imbecilidad. No son deseables las felicidades que provienen de la ignorancia, puesto que a la corta o a la larga acaban corrompiéndose. Ahora bien, no entendemos por ignorancia aquellas culturas que no participan de nuestros teóricos conocimientos, no son ignorantes los hombres anclados en costumbres ancestrales de algunas tribus, no son ignorantes ni siquiera todos los analfabetos, sólo son ignorantes aquellos que no utilizan sus sentidos para percibir.

Para esta norma que proponemos hay un verbo altamente pernicioso, que es el verbo tener, en su sinonimia con poseer, y hay dos verbos que son todo lo contrario, que son ser y estar, especialmente el segundo. Hay igualmente una infección verbal que es, por natural, difícil de tratar, estamos hablando de competir, porque viene con los adláteres de ganar y perder, con todo el riesgo que esto conlleva. Precisamente por la propia configuración de competir, siempre serán mayores las posibilidades de perder que las de ganar, con lo que estamos jugándonos tontamente la felicidad, tanto la propia como la ajena, puesto que el ganar nosotros significaría que perdieran los demás.

La mayor parte de los consejos morales de todos los grupos de pensamiento nos acaban proponiendo “ser buenos”. Sin un planteamiento hedonista de la vida es más difícil serlo y creemos que siendo real y auténticamente feliz no hace falta recomendar como comportamiento la bondad, puesto que viene implícita.

Evidentemente, esta norma es más fácil de proponer que de cumplir y nos plantea el cómo lograrlo. La respuesta es: a través de la educación y el entrenamiento del talante, otorgando a este último más aprecio que al talento.

Dicen que el cuerpo produce unas sustancias “responsables” de la felicidad (dopamina, serotonina y endorfina) y que todos no producimos la misma cantidad, pero de la misma manera que en estados de irritación aumenta la adrenalina, estamos seguros que en estado de felicidad, aunque sea forzada, el cuerpo hará lo mismo con aquellas.

Un buen entrenamiento consistiría en levantarnos cada mañana con el planteamiento de “a ver a quién podemos hacer feliz hoy”. Esto, sin duda, provocaría las suficientes sinergias como para repercutirnos con creces. Un simple semblante risueño es provocador, los pequeños gestos, actitudes, e incluso poses, van sumando, del mismo modo que las malas prácticas, generalmente egoístas, lo que consiguen es la propia infelicidad independientemente de la ajena.

La felicidad no es acaparable, puesto que cuando se acapara desaparece. Es, por lo contrario, tan deseable que se produce un hecho contradictorio: cuanto más repartes, más te queda a ti.

Sed, seamos felices.

DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas - La Cocina

En los últimos tiempos se ha venido dando una importancia a la cocina, y más que a la cocina a los cocineros, que es, a todas luces, excesiva. Es tal el prestigio que se les otorga a estos profesionales, que en las escuelas de hostelería es demasiado frecuente no encontrar plaza como aspirante a cocinero, cuando, por otra parte, sobran las más necesarias de camareros y otro tipo de perimetrales de la propia cocina.

Desde que el comer ha dejado de ser nutrirse para vivir, se ha convertido, en la mayoría de los casos, en una experiencia snob. Se han incrementado los nombres de los platos, se han incrementado el tamaño de estos (no de su contenido) y se ha incrementado también la faceta pictórica o artística de los mismos, aunque en el fondo no estamos nada seguros de que se haya aumentado la calidad.

Se le debe mucho a Ferrán Adriá (el cual es digno de todas las admiraciones posibles y consideramos una figura imprescindible) entre otros, pero no como cocineros, sino más bien como artistas. Esto no quiere decir que todos los que imitan sus tendencias lo sean. Desde nuestro punto de vista, un buen cocinero es aquel que hace que los productos buenos sepan a ellos mismos con la menor pérdida posible de sabores y nutrientes reales, es decir, una almeja cruda es, a todas luces, muy superior a la misma almeja cocinada con veintidós salsas y dieciséis métodos diferentes. Como hemos dicho, el talento de un buen cocinero ha de ir siempre detrás de la calidad de un buen producto y jamás adelantarlo; de la misma manera que ha de ir tras un mal producto y, en este caso, mejorarlo.

Volviendo atrás, el escaso prestigio de los camareros es inversamente proporcional al de los ya mentados cocineros, siendo más necesaria una alta preparación en los primeros que en las estrellas mediáticas de la cocina. Un camarero ideal ha de tener don de gentes y, por ende, una cultura que le permita discreción en el trato y comentarios atinados, de forma que sea otro de los ingredientes de un buen plato. La gran mayoría de los cocineros optan a ser estrellas e imponen lo que el comensal ha de comer sin darse cuenta de que el mejor o peor gusto del que come es muchísimo más respetable que el teórico o impecable gusto de la “estrella” de la cocina. Se vienen destrozando platos cuyo único aderezo es el precio elevado y estamos comiendo jamones y otros alimentos sólidos en forma líquida, y caldos y sopas en forma sólida. Llegamos a contradicciones como helados calientes, natas desnatadas, cafés descafeinados, pollos con sabor a todo menos al propio pollo, y así sucesivamente. Los grandes productos requieren únicamente amor y no “talento”. No obstante, no negamos la importancia de la investigación, la estética, la innovación, pero eso, como todo, dentro de un orden, ya está bien de florecillas, floripondios y florituras, un buen filete sólo requiere una buena plancha y a veces no hace falta ni siquiera la plancha.

La cocina es un arte y nosotros así lo entendemos, de tal manera que es una de las más extraordinarias artes, puesto que cumple todas las características que puede tener una obra artística aderezada además con lo efímero y lo cotidiano, pero, como en todas las artes, artista hay uno e imitadores todos los demás. Si descartamos la reproducción en las demás disciplinas artísticas ¿por qué la alabamos en ésta? Cocinero a tus pucheros y las cosas en su sitio. Innovemos, cómo no, pero no toda innovación es aconsejable.

Un aparte que viene a colación en los productos precocinados es el apelativo de “natural”, en contraste con los propios productos, precocinados o no. Artificial es todo aquello que produce el hombre, luego, ¿qué hace el cocinero, sino más que “artificializar”? En el mismo sentido, el plutonio o el arsénico son tan o más naturales que las acelgas.

En esta fiebre innovadora, hay quien estima que el tofu es muy natural, sin darse cuenta de que es un simulacro de queso que se extrae de una legumbre, ¿es natural?. El café con leche es una infusión, que se logra con una máquina específica, de un producto que se extrae de la manipulación, mediante distintos procesos de tostado y similares, de un grano del cafeto, a veces excrementado por un animal (los cafés de mayor prestigio y precio), al cual una vez extraído su extracto se le añade un terrón de otro producto que a su vez se extrae de otra planta y a través de diversos procesos industriales se consigue una cristalización, y que a su vez se introducen en el anterior extracto líquido para disolverse; algunos le añaden un chorrito de leche vaporizada que ha sido sometida a un proceso denominado UHT; hay muchas personas que desayunan un café con leche entendiendo que es lo más natural, y luego son capaces de poner el grito en el cielo por los que lo acompañan con unos huevos pasados por agua y con panceta.

DeLaQueDiario - Reflexiones atópicas- Los Expertos

¿Por qué los expertos son tan poco expertos? Tal vez sea porque hacen honor a la etimología de la palabra y son exactamente “ex peritos”, es decir, han dejado de serlo. El problema es que algunos, si no la mayoría, se han erigido en expertos a la primera, es decir, sin haber sido antes peritos. Una persona sólo suele ser experta, y esta vez sin ironía, en lo que le atañe a sí mismo y, sin embargo, por desgracia, los expertos son, la mayoría de las veces, expertos en lo que nos atañe a los demás, en contra, como siempre, de la lógica y de aquel sabio principio del “sólo sé que no sé nada”.

Todos los departamentos tildados de importantes en distintos estamentos de la sociedad y, en mayor o menor medida, aquellos con ciertos aromas culturales, están más o menos dirigidos por supuestos expertos y cuando no es así es aún peor, puesto que algunos cargos políticos tienen los suficientes asesores como para hacer equipos de expertos.

El experto, más que otra cosa, es osado, osado cuando no irrespetuoso, y decimos irrespetuoso por no llamarlo sencillamente caradura. No porque carezca de la información necesaria, que también, sino porque son expertos precisamente en eso, en ser expertos, es decir, en arrimar el ascua a su sardina.

Pondremos algunos ejemplos.

Los edificios del prerrománico asturiano están siendo restaurados con unos criterios, más que históricos, “cuentistas”, alegando, también por ejemplo, que no podrían ser techados con teja árabe por anacronismo, con lo cual deberían haber estado techados con tégola romana, puesto que en algunas excavaciones se han encontrado restos de teja plana. La solución de ellos es techarlos con moderna teja mixta, o sea, ni una cosa ni la otra, una imitación de ambas con un efecto estético deleznablemente contemporáneo al que se suma el estado impoluto de estas en contraste con el deterioro propio de la vejez en el resto del edificio. Tradicionalmente en las construcciones antiguas los materiales que se usaban eran siempre muy próximos, y era raro que las tejeras estuviesen muy lejos de los edificios; las tejas romanas presentaban una diferencia plausible entre canal y cobija, efectivamente siendo la canal plana y la cobija exactamente igual que la teja árabe. Es obvio que todas las tejas se hacían a mano y por eso presentaban diferencias entre ellas, puesto que su molde era un bastidor burdo de madera y un apoyo les otorgaba la curva, luego otorgar el nombre de teja árabe a la teja curva ya es en sí una afirmación en cualquier caso dudosa. En segundo lugar, tradicionalmente las tejas canales fueron cerrándose, puesto que los bordes de la tégola plana eran más difíciles de hacer que una curvatura ligeramente superior, garantizando además mayor estanqueidad. Es decir, las canales siempre fueron más abiertas que las cobijas y eso no es que lo diga la historia, eso lo dice la lógica. Las “llávanas” o piedras, y no nos referimos a la pizarra, que también, se utilizaron a modo de tégolas e incluso combinadas con tejas. La gente siempre techó con lo que tenía a mano y ahora se sigue haciendo lo mismo, sólo que la mano responde a expertos con intereses particulares. El tejado, especialmente en Asturias, debido a sus continuos cambios de altura, es una pieza muy visible de las casas; si una casa presenta un tejado inapropiado, se ve casi tanto como el resto de la estructura. Además, todos los ayuntamientos tienen alguna disposición dictaminada por los expertos que indica de forma absolutamente arbitraria e incongruente el tipo de tejado que según su criterio se debe poner en cada zona, simplemente porque lo dicen ellos.

El hombre es el único animal que no necesita la experiencia en carne propia, tenemos una historia y las experiencias nos las dan la propia historia. El conocimiento del hombre hace que no necesite tirarse de un séptimo piso para saber si se mata o no, es decir, está basado en experiencias ajenas, pero nunca debe tomarse la propia como argumento para nada.

Otro ejemplo puede ser el de los economistas, que intentan “arreglar” la crisis que ellos mismos han creado y pronosticado, como siempre, a posteriori. Es tan difícil que un economista acierte en sus predicciones, que casi ninguno de ellos está entre los más ricos del mundo.

En el mundo del arte también hay muchos expertos, todos ellos nos recuerdan al famoso cuento de Andersen (El traje nuevo del emperador) en el que todos veían el supuesto traje.

Hoy hay expertos en análisis político, periodismo de investigación, gastronomía (especialmente en vinos), arte, críticos de cine, arquitectos buenísimos (véase Calatrava)… ¡ja! Al final, si realmente tienes un problema de agua, llama a un simple fontanero, no a un “técnico experto en problemas ocasionados por la conducción y/o canalización de fluidos”